Casi a mitad de la película, en la fiesta de cumpleaños de Bill, con una Margo Channing ya borracha junto al pianista, reconocí las notas del "Ensueño de amor" de F. Liszt, y automáticamente mis pensamientos se dirigieron hacia el recuerdo de un Petrus adolescente, loco de contento por la calle Carretería de Málaga, con una partitura nueva bajo del brazo.
Por aquellos entonces yo era el organista de la iglesia de mi pueblo. Dicho así pudiera sonar como algo bastante notable e interesante, pero en realidad no era más que un niño con algunas nociones de solfeo delante de un teclado sintetizador eléctrico adquirido por la iglesia un par de años atrás..
Casi siempre me "contrataban" para tocar en las bodas, para las que tenía un esquema muy bien definido:
Al principio, las notas de la marcha nupcial de "El sueño de una noche de verano" de F. Mendelssohn, marcaban el paso de los novios atravesando el pasillo central de la iglesia hacia el altar. Seleccionaba el modo "piano" y le daba el máximo volumen al sintetizador para que la melodía consiguiera sobresalir por encima del murmullo de los asistentes, pero nunca me daba tiempo a interpretar la pieza entera porque los novios llegaban siempre muy pronto al altar.
Al final de la ceremonia, cuando los besos y enhorabuenas, los "ponte tú al lado de la novia para la foto" y las firmas, ponía el sintetizador en modo "violín" e interpretaba el aleluya de Haendel; y cuando todo el ceremonial se terminaba, cambiaba rápidamente de "violín" a modo "órgano" para que la marcha nupcial de Lohengrin, de R. Wagner, anunciara la salida de los recién casados por el pasillo, encaminándose hacia la lluvia de garbanzos, alubias y peladillas, arroz en el mejor de los casos, que les esperaba fuera de la iglesia.
Yo era muy tremendo y siempre procuraba poner un toque extra de emoción a la ceremonia, no sólo con la música. En la liturgia de la palabra, durante la lectura de la primera carta de san Pablo a los corintios, después de muchos ensayos, había conseguido desarrollar un tono retórico bastante conmovedor a base de ir marcando, con voz firme y modulada, cada una de las virtudes (El amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia. El amor no presume ni se engríe; no es maleducado ni egoista...) en una especie de in crescendo emocional (Disculpa sin límites... cree sin límites... espera sin límites... aguanta sin límites...) hasta llegar al climax donde, tras un breve silencio, miraba a los invitados poco antes de pronunciar la sentencia final:
El amor... -aquí tomaba aire, como queriendo contener un suspiro y dirigía una mirada amable hacia los novios- El amor, no pasa nunca.
El efecto siempre era el mismo. Mientras yo bajaba las escaleras del altar de vuelta al coro, las primeras bancas de la iglesia eran pura lágrima contenida. La hermana soltera de la novia, deseando ser ella algún día la que se sintiera estremecida por la dulce caricia del amor. La madre del novio, que al fin veía cómo su hijo sentaba la cabeza. Las damas de honor, preguntándose pañuelo en mano, quién sería la afortunada que cogería el ramo. La novia, emocionada, que me dedicaba una sonrisa. El novio, que también me sonreía pensando qué niño tan raro.
Lo único que me faltaba para redondear la ceremonia era una melodía lo suficientemente dulce, sin llegar a ser empalagosa, que sonara de fondo durante la celebración, propiamente dicha, del matrimonio (interrogatorio, escrutinio, consentimiento, imposición de anillos y entrega de arras).
Encontré esa melodía en forma de partitura una tarde de invierno en Málaga, a mediados de los años noventa, en una pequeña tienda de instrumentos musicales cerca de la calle Carretería. Recuerdo que, durante los ensayos, me costaba bastante interpretar las sucesiones rápidas de corcheas, los cambios de claves, de bemoles por sostenidos, el "Poco cresc. ed agitato, senza Pedale".
Pero recuerdo, sobre todo, al Petrus adolescente, loco de contento con la nueva partitura bajo el brazo; imagen que se me vino a la mente mientras reconocía las notas del "Ensueño de amor", de F. Liszt, con una Margo Channing ya borracha junto al piano, en la fiesta de cumpleaños de Bill.
Esto fue lo que me trajo el visionado de "Eva al desnudo" (All about Eve).
Todos los demás elogios, altares a los que encumbrarla, críticas apasionadas... han sido ya realizados por voces más expertas que la mía.
