domingo, 26 de diciembre de 2010

Todo sobre Petrus

Después de muchas recomendaciones esta noche al fin me he atrevido a ver Eva al desnudo.
Casi a mitad de la película, en la fiesta de cumpleaños de Bill, con una Margo Channing ya borracha junto al pianista,  reconocí las notas del "Ensueño de amor" de F. Liszt, y automáticamente mis pensamientos se dirigieron hacia el recuerdo de un Petrus adolescente, loco de contento por la calle Carretería de Málaga, con una partitura nueva bajo del brazo.



Por aquellos entonces yo era el organista de la iglesia de mi pueblo. Dicho así pudiera sonar como algo bastante notable e interesante, pero en realidad no era más que un niño con algunas nociones de solfeo delante de un teclado sintetizador eléctrico adquirido por la iglesia un par de años atrás..

Casi siempre me "contrataban" para tocar en las bodas, para las que tenía un esquema muy bien definido:
Al principio, las notas de la marcha nupcial de "El sueño de una noche de verano" de F. Mendelssohn, marcaban el paso de los novios atravesando el pasillo central de la iglesia hacia el altar. Seleccionaba el modo "piano" y le daba el máximo volumen al sintetizador para que la melodía consiguiera sobresalir por encima del murmullo de los asistentes, pero nunca me daba tiempo a interpretar la pieza entera porque los novios llegaban siempre muy pronto al altar.
Al final de la ceremonia, cuando los besos y enhorabuenas, los "ponte tú al lado de la novia para la foto" y las firmas, ponía el sintetizador en modo "violín" e interpretaba el aleluya de Haendel; y cuando todo el ceremonial se terminaba, cambiaba rápidamente de "violín" a modo "órgano" para que la marcha nupcial de Lohengrin, de R. Wagner, anunciara la salida de los recién casados por el pasillo, encaminándose hacia la lluvia de garbanzos, alubias y peladillas, arroz en el mejor de los casos, que les esperaba fuera de la iglesia.

Yo era muy tremendo y siempre procuraba poner un toque extra de emoción a la ceremonia, no sólo con la música. En la liturgia de la palabra, durante la lectura de la primera carta de san Pablo a los corintios, después de muchos ensayos, había conseguido desarrollar un tono retórico bastante conmovedor a base de ir marcando, con voz firme y modulada, cada una de las virtudes (El amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia. El amor no presume ni se engríe; no es maleducado ni egoista...) en una especie de in crescendo emocional (Disculpa sin límites... cree sin límites... espera sin límites... aguanta sin límites...) hasta llegar al climax donde, tras un breve silencio, miraba a los invitados poco antes de pronunciar la sentencia final:
El amor... -aquí tomaba aire, como queriendo contener un suspiro y dirigía una mirada amable hacia los novios- El amor, no pasa nunca.

El efecto siempre era el mismo. Mientras yo bajaba las escaleras del altar de vuelta al coro, las primeras bancas de la iglesia eran pura lágrima contenida. La hermana soltera de la novia, deseando ser ella algún día la que se sintiera estremecida por la dulce caricia del amor. La madre del novio, que al fin veía cómo su hijo sentaba la cabeza. Las damas de honor, preguntándose pañuelo en mano, quién sería la afortunada que cogería el ramo. La novia, emocionada, que me dedicaba una sonrisa. El novio, que también me sonreía  pensando qué niño tan raro.

Lo único que me faltaba para redondear la ceremonia era una melodía lo suficientemente dulce, sin llegar a ser empalagosa, que sonara de fondo durante la celebración, propiamente dicha, del matrimonio (interrogatorio, escrutinio, consentimiento, imposición de anillos y entrega de arras).

Encontré esa melodía en forma de partitura una tarde de invierno en Málaga, a mediados de los años noventa, en una pequeña tienda de instrumentos musicales cerca de la calle Carretería. Recuerdo que, durante los ensayos, me costaba bastante interpretar las sucesiones rápidas de corcheas, los cambios de claves, de bemoles por sostenidos, el "Poco cresc. ed agitato, senza Pedale".

Pero recuerdo, sobre todo, al Petrus adolescente, loco de contento con la nueva partitura bajo el brazo; imagen que se me vino a la mente mientras reconocía las notas del "Ensueño de amor", de F. Liszt, con una Margo Channing ya borracha junto al piano, en la fiesta de cumpleaños de Bill.

Esto fue lo que me trajo el visionado de "Eva al desnudo" (All about Eve).
Todos los demás elogios, altares a los que encumbrarla, críticas apasionadas... han sido ya realizados por voces más expertas que la mía.

martes, 21 de diciembre de 2010

Ramon

A Ramón siempre le había puesto muy nervioso la carretera de Málaga a Almería, especialmente el tramo que había en obras poco después de salir de Málaga, donde se confundían los carriles y había que prestar mucha más atención a la calzada, con el inconveniente de no poder disfrutar del paisaje -las vistas del Mediterráneo desde esa zona son espectaculares.

En esta ocasión iba algo más nervioso de lo habitual. Después de algunos meses de encuentros furtivos con un chico, algunas cenas, algunos cines, interminables paseos de confidencias y descubrimientos... hoy al fin el chico le había propuesto que se encontraran en su casa, lo que le hacía pensar que la cosa iba muy bien encaminada.

-Tal vez debiéramos dejar de vernos con otros chicos -iba ensayando Ramón lo que le diría más tarde, cuando hubieran bajado de las cumbres del placer y se hallasen, consumidos y consumados, exhaustos sobre su cama.
Así formulada -pensaba- la frase revelaría de una forma clara y rotunda sus intenciones, sin el agobio que le pudiera suponer la inclusión de las palabras "formal", "serio", o "relación".

Al llamar al timbre Ramón notó que le sudaban las manos, pero trató de tranquilizarse pensando en la calidez de su voz, que le envolvió con ese "hola" que le dedicó al abrir la puerta; en la elegancia de su gesto al invitarle a pasar, tras mirar a un lado y otro de la calle para cercionarse de que nadie le había visto entrar.

Una vez dentro Ramón se sintió desconcertado por la naturalidad con la que su amado le contaba que los recién casados de la foto que había sobre el sofá, eran él y su mujer, hacía cuatro años.
Desconcertado por el cinismo con el que le enseñaba la habitación de sus dos hijos, mientras bajaba lentamente la mano por su espalda.
Por la sorpresa que se dibujó en su cara cuando Ramón le dijo, al borde del colapso, que debía marcharse de aquél sitio cuanto antes, y que no se volverían a ver.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Cruce de miradas

Han sido varios encuentros fugaces en el mismo vagón del cercanías. Aún recuerdo aquel día en que tu, con tu camiseta verde y tu mochila, te sentaste enfrente de mí. Sentía que iba a reventar de los nervios que me devoraban por dentro. Estuve casi media hora buscando tu mirada, pero tú no la despegaste ni un momento del libro que ibas leyendo. Si, eras tú. Unos ojos tan bonitos no se olvidan con facilidad, aunque ni siquiera me miraste. Ni un gesto, ni una palabra, ni una mirada. En los diferentes viajes que hemos hecho juntos en el tren (aunque no te lo creas, hemos coincidido muchas veces), nunca has advertido mi presencia.

Esta tarde, camino de la estación, he divisado a lo lejos a un chico alto, camiseta azul y pantalón vaquero. Enseguida he buscado sus ojos, con una necesidad imperiosa de comprobar que se asemejaban a los de aquellas fotos, a los que tantas veces había visto en el tren. Y sin tiempo apenas para reaccionar, me doy cuenta de que esos ojos me miran por un momento.

Una mirada penetrante y veloz. Como queriendo averiguar quien es ese chico impertinente que no deja de mirarte.

Rápido, como digo, fue el cruce de miradas. Mis sentidos se desbordaron, se enzarzaron en una lucha entre saludarte o dejarte ir. Pasar como un desconocido más, o decirte al menos hola.

De pronto has pasado, de pronto he pasado. Y mientras el ritmo de mi corazón va descendiendo de nuevo a pulsaciones por debajo de cien, vuelvo la cabeza para retener algún detalle más de ese fugaz momento, pero ya no consigo verte.

Ya en mi casa, tras haber dejado constancia escrita del momento, te he buscado para entregarme de nuevo a tu mirada.


martes, 14 de diciembre de 2010

Negociaciones

He recibido la llamada de una de mis musas, la más frívola e inteligente, que ha aprovechado un descanso del baile para ausentarse de sus compañeras y ponerse en contacto conmigo para iniciar un proceso secreto de negociación.

Las condiciones han sido duras, las diferencias abismales y los puntos de vista opuestos, pero la voluntad firme así que espero que dentro de poco estén de nuevo por aquí.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Yo tenía una granja en África

Estoy comenzando a considerar seriamente la idea de que mis musas no van a volver. Se fueron de vacaciones este verano a una isla perdida en mitad del pacífico, de nombre impronunciable y a más de cien kilómetros de distancia de cualquier rastro de civilización, y desde entonces no he vuelto a saber de ellas.

Seguramente estarán bailando el Hula Auana -o comoquiera que se llame el baile típico de la zona- para el apuesto isleño por el que me habrán sustituído; pero no las culpo, ni estoy celoso, ni montaré un numerito, más que nada, porque no sé dónde están.

He de afrontar, pues, el hecho de que mis musas  no van a volver -yo tampoco lo haría, caso de hallarme bailando el Hula Auana para algún apuesto isleño- y en consecuencia, me veo en la triste obligación de ponerle un epitafio a este blog.

Gracias y adiós.
Petrus.

* * *

Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong...